Economía campesina, soberanía y seguridad alimentaria.

Autor: 
Secretaría Distrital de Desarrollo Económico ILSA CICC OXFAM

Los mercados campesinos son un programa que coordinan directivos de las más importantes organizaciones campesinas del centro del país con el apoyo de la administración del Distrito Capital de Bogotá a través de la Secretaría de Desarrollo Económico, de la O.N.G. Oxfam. G.B. , el Instituto Latinoamericano para una Sociedad y un Derecho Alternativos –ILSA-, así como de connotados colaboradores y estudiosos del agro en Colombia

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Fotografo ODE

MERCADOS CAMPESINOS es un programa que coordinan directivos de las más importantes organizaciones campesinas del centro del país con el apoyo de la administración del Distrito Capital de Bogotá a través de la Secretaría de Desarrollo Económico, de la O.N.G. Oxfam. G.B. , el Instituto Latinoamericano para una Sociedad y un Derecho Alternativos –ILSA-, así como de connotados colaboradores y estudiosos del agro en Colombia. El libro que el lector tiene en sus manos presenta los principales aspectos socioeconómicos de ese programa, que contribuye enormemente al desarrollo de una propuesta de viabilización de un Sistema de Abastecimiento Alimentario para Bogotá y brinda una serie de elementos para el análisis de la problemática alimentaria y de sus causas. Igualmente se señalan allí caminos de ejecución que permiten mostrar que el beneficio que le reporta a Bogotá el reconocimiento de la capacidad de aporte del campesinado y su voluntad indeclinable de servicio a la ciudad. El beneficio mutuo de campesinos y habitantes bogotanos en este ejercicio de Mercados Campesinos sitúa el aporte campesino más allá de la incomprensión, indiferencia y desprecio que por su valor humano expresan las minorías ambiciosas de dinero y de poder, al tiempo que se lucran de su esfuerzo productivo.

El aporte de los campesinos a la civilización es un asunto que una parte de la sociedad humana quisiera sepultar en el olvido. Por eso hay que recordar que absolutamente ningún antiguo estado (inca, maya, mesopotámico, chino) pudo constituirse antes de que hubiera cultivos, antes de que se domesticaran plantas y animales. Igualmente hay que recordar que, en medio del ajetreo de la sociedad moderna la producción campesina de alimentos, tanto en Colombia como en el mundo hace la mayor contribución a uno de los tres ejercicios básicos indispensables para que los humanos nos mantengamos vivos: respirar, beber y comer. 

En América los pueblos indígenas domesticaron el maíz, la papa, el tomate, el cacao, entre muchos otros productos claves en la alimentación y economía del mundo. A partir de la Colonia se da en Colombia un mestizaje en la población rural que hoy encarna el campesinado. Igualmente los resguardos como los territorios colectivos dan testimonio de la persistencia de comunidades indígenas y afrodescendientes. Campesinos, indígenas y afrodescendientes fueron, hasta bien entrado el siglo XX los mayores contribuyentes al crecimiento y desarrollo de los conglomerados urbanos y el sostén fundamental alimentario de sus pobladores. La industrialización de Colombia ligada a las exportaciones de café confirman la base rural de nuestra economía. Hoy a pesar de las múltiples guerras, de la marginalidad en los servicios y de las legislaciones en contra de la población rural, es ésta la que sigue aportando el mayor porcentaje de alimentos y buena parte de los insumos agroindustriales e industriales, utilizados generalmente no en función del desarrollo del conjunto de país y sus habitantes sino de los intereses y ambiciones de especuladores y traficantes nacionales e internacionales que generan concentraciones de capital que no se traducen en beneficios en nuestros territorios y para amplios conglomerados sociales.

Por siglos las familias rurales autoabastecían sus hogares y comercializaban directamente sus excedentes en los sitios poblados de sus regiones, atendiendo a la exigencia de alimentos de sus pobladores. Se establecieron plazas de Mercado y centros de acopio, distribución e intercambio de productos y bienes, que iban supliendo las necesidades que el avance del conocimiento y el intercambio iba ampliando. Se buscó mejorar las condiciones de vida y facilitar la agotadora relación con la naturaleza y al tiempo contribuir de mejor forma a las necesidades crecientes de alimentos y materias primas  de los conglomerados urbanos. Se mantenía entonces una relación directa entre productores-consumidores rurales y consumidores-productores urbanos  que contribuían mutuamente a su desarrollo cultural, a su crecimiento humano y a su bienestar personal y familiar.

Pero la contribución campesina a la civilización no sólo es negada sino que se considera que no es posible el progreso cultural y material si no se la invisibiliza o incluso se la combate expresamente. Procesos educativos exógenos, no adaptados a las culturas familiares y poblacionales rurales, han estado orientados a eliminar la supuesta incultura campesina y que al tiempo que generan diferencias en las valoraciones de las personas y de los grupos o sectores, rompen su desarrollo cultural. Se impusieron así otros patrones culturales en aras de otra concepción de la igualdad, basada en los abolengos, los títulos, las profesiones y los oficios, presentando como despreciables a aquellos que contribuían a la suplencia directa de las necesidades humanas al tiempo que se realzan como nobles a los que acumulaban riqueza, prestigio y poder. Así se desconoce la dignidad humana de los productores directos y de los prestadores de servicios, degradando sus actividades,  diferenciándolas de quienes con poder y dinero pueden aprovechar el, para ellos, denigrante trabajo de productores y prestadores de servicios directos. Campesinos, campechanos, montañeros, guascas, indios, lungos, iguazos, jornaleros, sacarruinas, sirvientes, bastos, gentecita, pobres diablos, se usaron y usan como términos despreciativos para mantener a prudente distancia a aquellos que no podían acceder a los servicios y las –civilizadas- costumbres urbanas mientras ejercen la noble tarea de producir alimentos y materias primas y prestar servicios denominados domésticos. Se abre así la brecha entre lo urbano y lo rural despojada de su vínculo humano solidario y se entrega la relación campo-ciudad a una intermediación destinada a realizar la ambición de lucro de unos pocos y a facilitar la explotación  de productores-consumidores y consumidores-productores. Por este camino otros renglones de la economía como el transporte, los combustibles y los insumos relacionados con la producción agrícola pierden su carácter de servicios y beneficios para el conglomerado social y se convierten en vehículo exclusivo de rentabilidad para unos pocos, estrechando los mercados regionales y nacional e impidiendo el ejercicio de la democracia real expresada en una economía incluyente.

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